
Primeras experiencias en esta bonita tierra, y parece que son buenas.
Me siento a recordarlo y lo veo, lo siento especial. Tiene algo hermoso en sus viejas fachadas, en su aire señorial ya decrépito. Es un viejo hidalgo luchando por seguir aparentando frente al patio de butacas. Me hace viajar a un tiempo que no conocí, tal vez a una época que debiera haber sido la mía. Y es que, todavía conviven en él esas cosas que parecen recuerdos olvidados de un pasado no tan lejano.
Todavía puedes encontrar las pequeñas tiendas aferrándose a su esquina como a un clavo ardiendo, compitiendo contra los nuevos Berscka y Stradivarius. Esos viejos escaparates de comestibles; con su toldo roído por los años donde puedes comprar de todo, incluso aquello de lo que nunca oíste hablar; resisten. También puedes ver a Dona Maria, abuela hace ya muchos años, transportando el canasto de ropa en la cabeza para lavarlo en la fuente dos Leões. Es un equilibrio desigual, una partida de ajedrez con un mate hace varias jugadas anunciado. Un modo de vida que se muere irremediablemente de él cual tengo el honor de ver los últimos coletazos.
No pensé que fuese a ser tan fácil hacerse entender. Y, sobretodo, no esperaba tanta amabilidad. No ya en la gente que trabaja cara al público, que se da por supuesto, sino en los paseantes que, desprevenidos, abordo y contentos me regalan su sonrisa. Es curioso ver como todavía la gente aquí no tiene miedo a la persona que te detiene para iniciar una conversación, a pesar de mi terrible portugués. Permanece en ellos el espíritu de los pueblos marineros, de escuchar al extranjero, de saber las nuevas y, tal vez, de ayudar al peregrino.
Otros gestos de viejo hidalgo son las orejas de los portugueses, vacías, sin cascos de iPods y demás artilugios postmodernos. Supongo que es una tontería pero me llamó la atención. La gente parece preferir escuchar el bullicio de sus calles, a João gritar por su cerveza, o el cálido resplandor de las olas del Duero mezclándose con la mar (la versión no bucólica es que todavía no tienen suficiente dinero para gastarlo eso). Es un paréntesis en esta vieja Europa, un pequeño olvido que nos hace recordar.
Creo que me gusta este retroceso en el tiempo. Sé que el señor Smisth y su teoría del capital ganará la partida, tristemente con él vienen otras mchas cosas peores. Pero no deja de enternecerme, y me hace dibujar una sonrisa orgullosa en mi cara, ver jugar con ilusión a este jóven Portugal contra un gigante al que no podrá ganar. Suerte en el próximo movimiento y dignidad en el mate final.
Carlos Martínez, desde Oporto (Portugal)
enero 9, 2009 a las 11:46 am
Carlos, eres el primero en escribir en el catalejo…sientete afortunado porque si todo el mundo escribe con el cariño que tu has puesto al hablar sobre algo desconocido, si alguien abre los ojos y ve mas alla y encima lo cuenta…el catalejo tiene largos dias de vida!! me ha encantado…Dale mas oportunidades a Portugal…pero cuidado..que engancha!
enero 9, 2009 a las 11:56 am
Gran inauguración, sí señor. Esperamos poder seguir leyendo tus crónicas desde el Atlántico. Un abrazo
enero 10, 2009 a las 10:47 am
Enhorabuena a los bloggeros y a Carlos por su entrada. Todavía desde casa y a un día de volver a Madrid leo lo que escribes de ese Oporto que palpita y miro a mi ventana y pienso. Es verdad. Es verdad que, cerca o lejos, hay otros lugares, aunque cueste recordarlo cuando limitamos nuestro horizonte al de nuestra rutina diaria, al de las horas que pasan sin proyección. Otros lugares y otras personas que esperan para sumar, no para restar. Me alegro mucho de que Oporto te sume, Carlos.
enero 10, 2009 a las 2:26 pm
Joder con el Dr.T… Enhorabuena my friend, has puesto el listón bien alto… Has hecho recordármelo… y que yo también me anime a escribir algo en estos días. Espero que llegue pronto, con todos ustedes… La otra cara del Viejo Continente: desde Copenhague, vivencias internacionales de un brigadista chamineiro.